LIBERTAD DE VIVIR LA AVENTURA URBANA: CANCIÓN DE CIUDADANIA

Reseña sobre el texto “Ciudad y ciudadanía. Dos notas” de Jordi Borja. 2000.

Por Ivonne Bohórquez

Frente a los diferentes desafíos que se plantean desde un orden mundial cuyas características específicas revelan un “déficit democrático” , Borja reconoce en una democracia territorial de proximidad, un contrapeso válido que fortalezca y reconozca los derechos de los ciudadanos en todos los ámbitos de su acción colectiva. Las consecuencias de esta proximidad se evidencian sobre todas las posibles razones a favor y en contra de la misma, pero que sin lugar a dudas se debe sustentar en un proyecto de “innovación política” desarrollado en primera instancia al nivel de la vida social y cultural.

Entre los primeros elementos de innovación política se encuentran: la generación de nuevas formas de gobierno territorial a partir de una estrategia concertada de instituciones; en segundo término la aplicación del principio de subsidiaridad entendido como el equilibrio establecido entre la eficacia social y la participación y, entre la subsidiaridad y la solidaridad; también hace referencia a que las relaciones entre los poderes públicos podrían combinar transparencia con flexibilidad y agilidad (sin caer o conducir a prácticas que desvirtuen su función social); y por último, se encuentra el tema del control que, según Borja, de ser asumido por la ciudadanía que cuenta con el instrumento de la participación, basada en una información traslúcida.

Los obstáculos que se presentan a este tipo de propuestas atienden a las que se han asumido como realidades en los sistemas políticos de varios países del mundo, es decir, se haya enclavada sobre la idea de una serie de funcionalidades entre la burocracia y la “partitocracia” resquebrajando la posibilidad de un cambio en el que los ciudadanos sean proactivos respecto de la vida política del territorio especifico (próximo). La innovación política parte de una ruptura fundamental con el sistema político estatal que abarque con respecto a: la cultura política, como proceso de legitimación y hegemonización de valores concernientes a los temas políticos locales; el sistema representativo, en el que lo local pueda distinguirse del estatal;  y la conquista de competencias, debido a que lo local no puede seguir en un segundo orden respecto de sus propias políticas y orden jurídico.

Borja señala cómo la conquista de estos espacios de democracia locales se pueden ganar a través de instituciones políticas precedentes o de movimientos sociales de diversa índole. Los ejemplos rondan entre el retomar edificaciones subutilizadas para darles uso público, realmente descentralizar las funciones de justicia y seguridad, tener desde lo local un control y gestión de las TIC al igual que la capacidad para obligar a ciertas organizaciones políticas a defender los derechos de los ciudadanos, de otro lado es atractiva la idea de gestionar y coordinar los grandes proyectos de inversión para y en beneficio de su entorno local, desde la capacidad de autogobierno construir identidad cultural.

Existe un último ejemplo revelador y muy importante que atañe al no reconocimiento del estatus político de ciudadano a todos aquellos que podrían incluirse en este (el argumento es que el Estado ha perdido la potestad absoluta de otorgar este debido a una nueva significancia del termino en los últimos tiempos y del papel nuevamente protagonista de la ciudad), es por ello que el derecho a la ilegalidad es fundamental. Se entiende este derecho como una de las múltiples formas de ampliar los márgenes de la legalidad, que debe ir apoyado en valores y principios universales, esto le otorga a si mismo la categoría de ser relativa y estar sustentada en la legitimidad social o moral. Las iniciativas de este tipo que provengan de una institución política deben contar con un asiento social fuerte y serán propuestas eficaces en tanto más puedan incidir sobre las contradicciones del sistema político.

Dentro de todos estos nuevos condicionamientos y problemáticas políticas, el reto de la ciudad es configurarse como un sistema de ciudades, obtener un protagonismo dentro del sistema internacional como interlocutor válido dentro de las discusiones a escala global. La llamada “glocalización” funciona bajo la lógica de tres dimensiones: 1. dejar de entender a los Estados como los únicos actores políticos válidos sobre las relaciones internacionales, 2. las macro regiones de ciudades transfronterizas y,  3. la reivindicación de las instituciones locales por obtener protección política frente a su autonomía (nacional e internacional) desde todos los ámbitos políticos, jurídicos y sociales.

Al variar estas nociones acerca de la innovaciones políticas, se pone de presente la manera como deberían asumirse igualmente otros retos respecto de las nociones de ciudadanía y de derecho; existe una necesidad de replantear ciertos derechos y sus bases territoriales bajo cuestionamientos que giran sobre si lo local puede ser el elemento articulador de sociedad o si los derechos van más ligados a su ejercicio dentro una lógica particular, se diría que entonces hoy en día el Estado no debería poder ser el único que otorgara el estatus de ciudadano, por lo cual es preciso hacer la distinción entre la nacionalidad y la ciudadanía.

La lectura del sistema político institucional no debe partir de una homogeneidad que impida revelar su naturaleza contradictoria, que es la que precisamente promueve que grupos que parten de la sociedad civil y que entienden los desafíos del territorio a partir de sus necesidades. Consecuentemente, Borja señala y describe brevemente la ampliación de los derechos de la ciudadanía en función de los desafíos del territorio mencionados, veintiuno (21) en total, entre los cuales se cuentan el derecho a la ciudad, a la ilegalidad y a la justicia y seguridad locales. Que estos derechos permanezcan, se legitimen y desarrollen depende de un proceso cultural (hegemonía de valores), un proceso social (movilización ciudadana) y de un proceso político – institucional (formalización en políticas).

La construcción de ciudadanía por lo tanto, esta ligada a los espacios en los que se desarrolla, a los retos territoriales, en los cuales el ejercicio de los derechos tiene como lugar preferente el espacio público. Estas relaciones entre los espacios y el ejercicio de la ciudadanía se puede observar de diferentes modos: “Los no ciudadanos oficiales y la ciudad ilegal” en los que tanto la tierra como los procesos vitales del humano deben ser legalizados. “El espacio público como espacio político” en donde al hacer uso de los derechos cívicos permite acceder a la ciudadanía. “La violencia urbana” al representarse en un espacio público, refleja una reivindicación ciudadana, un llamado a reconocer las condiciones de ciertos grupos sociales. El espacio público es indispensable en el proceso de socialización de grupos minoritarios, migrados o débiles. La ciudadanía depende hoy en día del papel de las movilidades y centralidades, de su eficacia y funcionamiento democrático. El espacio público es una de las fuentes de redistribución e integración social en las ciudades y, mejora las condiciones de construcción de ciudadanía entre sea más polivalente y favorezca al intercambio. La promoción de los espacios públicos en la ciudad es función de la administración usando como herramienta la planeación. Por último, el empleo se concibe como uno de los garantes de acceso a los bienes y servicios ofrecidos que revierten los procesos de marginalización.

Las relaciones entre ciudad y ciudadanía, han venido cambiando progresivamente durante las transformaciones de una y otra y su influencia e interdependencia con el Estado – Nación. Hoy en día estas relaciones permiten dar cuenta de la facilidad de las personas a sentirse ciudadanos en tanto el ejercicio de la misma al interior de una ciudad y no de un Estado globalizado que cada vez pierde gradualmente su “usual” soberanía; de otro lado, los inmigrados en las ciudades juegan un papel importante aún cuando no se les reconozca el estatus de ciudadanos. Un ejercicio interesante dentro del panorama de las nuevas relaciones es la separación de los estatus de ciudadanía y de nacionalidad en la UE. La ciudad, por las características de la proximidad local señaladas en el comienzo de esta reseña, cuentan con unas condiciones excelentes para la practica de la innovación política dentro del ámbito complejo de sus características, y fomenta la cabida a la participación ciudadana como elemento constitutivo de cambio. Es por todo esto que los espacios públicos se convierten en productores y reproductores de ciudadanía y, que reducen la brecha existente entre quienes son susceptibles de verse más afectados por los déficit de ciudad que otros; el espacio público es la convergencia y el pluralismo, así como el disfrute común a un “precio” social común.

Esas formas de relación determinan para el gobierno, en su proceso de formulación de políticas públicas, un desafío político, uno social y uno urbano, en el que cada uno propende por el bienestar, la participación y demanda y, la creación de espacios que generen igualdad. Las formas de producción de ciudadanía y de sentido en la ciudad, no son entonces tarea exclusiva de las instituciones político – administrativas sino de un esfuerzo mancomunado por conseguir tal fin; los urbanistas tienen una gran responsabilidad en este tema a pesar que “la reinvención de la ciudad ciudadana, del espacio público constructor – ordenador de la ciudad y del urbanismo como productor de sentido no es monopolio de nadie”.

Hay que decir definitivamente que el espacio público no es ni debe ser residual y que, gran parte de su importancia surge de las expresiones colectivas que sobre éste se desarrollan; que su monumentalidad es uno de los indicadores sobre los valores urbanos predominantes (a partir de simbolismos) y por ello se reconoce que el espacio público es una determinación político – jurídica pero también de uso social; este espacio se pueden producir de tres formas (duras): la regeneración, la reconversión y la producción ex novo.

La ciudad deseada, la ciudad representada y la construcción de sus espacios es responsabilidad y parte de las preferencias de sus ciudadanos, entre ellos se construye un tejido social alrededor del cual se puede excluir o incluir, generar violencia o consenso, pluralidad u homogeneidad. La ciudad recupera su misticismo y belleza en el momento en que lo global y deslocalizado llama a sus raíces.

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